Cuando salimos del hotel tomamos el autobús hasta la parada en el Albert Museum. Justo al lado está el Science Museum así que entramos; la primera planta estaba cerrada así que empezamos por la planta baja. Es un museo muy completo y repleto de toda clase de inventos descubiertos a lo largo de la historia; destacaría la máquina de vapor, los cohetes espaciales, el primer ordenador (más grande que un sofá) y una colección interesantísima de electrodomésticos, desde los más rudimentarios hasta los más actuales.
En cuanto a las otras plantas abiertas, la que se llama ¿Quién soy yo? Está destinada a los niños, ya que cuenta con interesantes y amenos juegos interactivos (reconozco que les eché un vistazo y los probé). En cuanto a la otra planta abierta, ni me acuerdo de cómo se llamaba porque no tenía nada de nada, sólo dos mesas redondas sobre las que ponías las manos y te decía cuando ibas a morir; aparecía sobre la mesa la imagen de una lápida con la fecha de tu muerte.
Por lo tanto, sólo me gustó la planta baja y en cuanto a los simuladores y los cines, no puedo opinar porque no entré. Sin embargo, la tienda de regalos me gustó mucho porque cuenta con juguetes, juegos y todo tipo de utensilios del hogar y artilugios para niños y no tan niños. Me quedé con las ganas de comprar unas pelotas para la secadora que evitaban que se arrugara la ropa.
De ahí fuimos andando hasta Kensington Gardens (y eso que me opuse), y vimos un monumento que encargó la reina Victoria en memoria de su marido el príncipe Alberto, que murió de tifus a los 42 años. Seguimos hacia Kensington Palace, pero ni entramos porque teníamos prisa y encima cobran la entrada (con la London Pass es gratis), así que hicimos algo mejor, nos sentamos en un banco de la puerta del palacio durante unos minutos a tomar el aire y a que mis riñones reposaran.
Tras salir del parque bajamos por la calle de las embajadas y caminamos hacia Notting Hill y Portobello Road. Nos encontramos en una zona con mucho encanto, con casas encantadoras, calles repletas de tiendas muy interesantes de ropa singular y bisutería artesanal, aunque no me quiero olvidar de las tiendas de antigüedades (para quien le guste, porque a mí, plin). Mi mujer se compró un collar precioso hecho de bolas de lana de distintos colores en una de estas tiendas con encanto.
Llegamos al mercado de Portobello y vimos cómo se grababa una entrevista en plena calle. Nos adentramos en el mercadillo y vimos cómo se parece a cualquier otro aunque las tiendas de estas calles llaman mucho más la atención.
Mientras paseábamos por estas calles, hice lo que todo marido hace cuando va de compras, es decir, una paradita para comer algo, y mi mujer lo que toda esposa cegada por las compras, ver, ver y ver más. Yo compré por cuatro libras comida para llevar en un libanés, y era lo que yo llamo “táper-buffet” o lo que es lo mismo, meter toda la comida que quepa en un recipiente de tupperware o similar por ese dinero. La verdad es que no había mucha variedad de comida donde elegir y el recipiente era tamaño XXS.
Mientras comía la especiada comida libanesa, hicimos una parada japonesa para hacer una foto en la puerta de la librería que aparece en la película de Hugh Grant y Julia Roberts, Notting Hill; también me llamó la atención la librería que está justo al lado porque es igual de encantadora pero estaba completamente vacía. Lo que no haga el cine...
Continuamos por el mercadillo y cuando nos cansamos (o mejor dicho, cuando me cansé yo) de caminar y no de verlo, cogimos un autobús hasta Oxford Street. Preso de mis palabras cumplí mi promesa: “Si nos sobra tiempo, el último día nos vamos de tiendas”. Por lo tanto, dedicamos los últimos momentos de la estancia en Londres a ir de compras. Estuvimos un par de horas y bastó para darme cuenta de lo bien que se lo montan estos ingleses; mientras los maridos esperamos a nuestras señoras, me senté en uno de esos locales que cuentan con un rincón con sofás como los del salón de una casa, pero además con sus auriculares para escuchar música. Sólo faltaba un mini televisor con el partido de la jornada.
Mientras aguardaba en uno de esos rincones, presencié con mis propios ojos cómo tres jovencitas inglesas de unos trece años de edad quitaban la banda magnética a un cinturón y a un par de pendientes y lo metían todo en una bolsa. Vaya descaro, seguro que los vigilantes (por cierto, la mayoría no son ingleses) desconfían antes de un inmigrante que de estos tres “angelitos” británicos.
Estuvimos de tienda en tienda y todo lleno de gente hasta la bandera. Recuerdo que en los almacenes Primark cerraron todas las entradas y sólo dejaron abierta una puerta de acceso. Se armó una buena porque sin comerlo ni beberlo nos dirigimos todos a una fila larguísima para entrar, y parecía que íbamos todos a un concierto o que regalaban billetes de veinte euros, digo... libras. Sin embargo, la realidad era bien distinta porque sólo íbamos de compras; lo malo de este sitio no son los precios (muy económicos) sino que tienes que hacer cola para todo (para entrar, para encontrar una camiseta de tu talla en un montón desordenado por decenas de mujeres ansiosas de encontrar el chollo del siglo, para pasar al probador, para pagar y hasta para salir otra vez a la calle. ¡Vaya cacao!
Tras pasar un par de horas de tienda en tienda y tiro porque me toca, terminamos en Zara (creo que he ido a todos los Zara de los países en los que he estado). Señor Amancio Ortega, tiene que darme usted el premio al marido de la mujer más fiel a su empresa en el extranjero.
Una vez finalizada la ruta del comercio regresamos en autobús al hotel porque aún teníamos que recoger las maletas. Después de coger las maletas montamos en otro autobús hasta la estación de trenes de Victoria, ya que allí nos esperaría el tren que nos iba a llevar hasta Gatwick. Cogimos el tren (quince libras por persona) hasta Gatwick Sur.
Antes de coger el tren (que salía cada diez minutos si no recuerdo mal) intentamos canjear la tarjeta de transporte Oyster pero había muchísima gente en las ventanillas del metro de la estación de Victoria (no imaginaba que cupiera tanta gente en la estación de metro). Eso nos pasó por exprimir nuestro tiempo hasta el final, así que nos quedamos con la tarjeta sin cobrar la fianza y con bastante sueldo. Teníamos que haberla cambiado antes.
Al final, el dinero que nos habíamos ahorrado con la consigna lo empleamos en ir en tren, que aunque es más caro, es mucho más cómodo, seguro, puntual, rápido y no hace paradas. La pena fue el no canjear la Oyster, aunque nos la trajimos de recuerdo (algo es algo).
Cuando llegamos al aeropuerto nos encontramos con fuertes medidas de seguridad (cada cierto tiempo se escuchaba un mensaje que decía que toda maleta que se dejara abandonada sería destruida); nada más llegar hay azafatas que ofrecen a los viajeros bolsitas para meter objetos o cosméticos. Cuando llegamos al control, hicimos varias filas y en casi todas tenías que descalzarte para poder pasar. Por todo esto, si quieres que no se te haga tarde hay que llegar al aeropuerto con tiempo porque si no, no llegas.
Una vez facturado las maletas hicimos las últimas compras; hay también un Harrods en el aeropuerto donde puedes comprar llaveros, chocolate, bolsos o peluches entre otras cosas, y más barato que en el Harrods de Londres.
Mientras mi mujer gastaba las últimas libras, yo la esperé en el McDonalds tomándome un menú; reconozco que aunque no soy un catador experto, es el peor McDonalds en el que he comido. Cuando acabé de comer vino mi mujer y se me ocurrió mirar en la pantalla de salidas y llegadas porque pensé que ya quedaría poco tiempo para partir. ¡Y tan poco! Estaban ya cerrando la puerta de embarque, así que tuvimos que darnos una carrera por la terminal, lo que casi me cuesta vomitar el menú completo y también un dolor de cabeza tan intenso que me duró hasta el día siguiente.
Cuando llegamos al avión de Easyjet, éramos los últimos y nos estaban esperando sólo a nosotros, pero aún así nos sentamos delante (y eso que no pagamos los treinta euros de más por tener preferencia en los asientos). Ya en el avión y empapado en sudor, tuve que pedir al azafato una pastilla para el dolor de cabeza. Si lo llego a saber me quedo con el dolor de cabeza porque me hizo un interrogatorio antes de tomarme el paracetamol; se aseguró de que no fuera alérgico y de que hubiera bebido alcohol antes, y me dijo que si me pasaba algo por tomarlo sería yo el responsable. Cuando finalmente me tomé la pastilla ya habíamos partido hacia casa. Bye, Bye, London.
Finalmente llegamos puntuales al aeropuerto de Alicante, ya casi recuperado del dolor de cabeza (producido no sólo por la carrerita a lo largo de la terminal sino también por la falta de sueño y por el cansancio acumulado durante toda la semana) pero bastante cansado y con ampollas en los pies. Me había dado el bajón.
Cuando llegué a casa le dije a mi mujer: “Cariño, ya tengo el bajón del viajero. Enciende el ordenador y pongámonos a buscar información para el próximo viaje”. Ya teníamos otra vez el mono...
