Resulta que hace una semana salí a cenar con los compañeros de trabajo. La noche no empezó muy bien porque me pasó lo que a la mayoría no quiere que le pase en este tipo de cenas, es decir, sentarse cerca del jefe, dentro de su radio de acción, en ese grupo cercano con el que se comenta toda clase de temas banales. Se empieza por hablar de alguna anécdota agradable del trabajo (si la hay), se continúa hablando de la familia (hijos, sobrinos...), del menú de la cena, y se acaba hablando de lo que sea. En fin, no sé cómo lo hizo pero acabó sentándose enfrente de mí, ya no me escapaba ni con alas.
Que conste que a mí los jefes no me caen mal por naturaleza, sólo los que son muy, muy malos y éste lo es. Imaginaos el típico jefe que es mala persona, ese sujeto que todo te lo dice con una sonrisita de cínico-amable, ese ser que utiliza buenas palabras pero que te está entrando a matar con estoque. En definitiva, es esa persona con la que nadie se quiere sentar porque no desea pasar toda la noche con alguien a quien no quiere ver nunca y mucho menos fuera del trabajo.
En este tipo de cenas se ve claramente cómo la mayoría intenta sentarse a unos metros de distancia del enemigo. De repente, ves a la gente correr a coger sitio, se dan más prisa que en los encierros de San Fermín (¡maricón el último!). Éste es el momento más importante de la noche porque como te descuides un segundo ya estás perdido, te toca al lado del Miura. Pues bien, yo estoy dentro del grupo de personas que no se atreven a hacerle el vacío al jefe y no por falta de ganas sino porque uno intenta ser correcto con todo el mundo. Bueno, seré sincero, no me dio tiempo a coger sitio.
La cena transcurrió con normalidad, es decir, nadie le dio bola. La especie jefe-comunis dentro del hábitat hostil de una cena de trabajo suele lanzar comentarios al aire que son muchas veces ignorados por la audiencia y comentados por una rara avis (yo en este caso) que siente compasión.
En un momento de la cena y después de las cervecitas de rigor, del vino rosado y tras catar los primeros sorbos del tinto, justo cuando a uno se le va nublando un poco la claridad del pensamiento y del raciocinio, hice una de las mías. Yo que suelo preguntar antes de servir la bebida en un vaso, se me ocurrió cambiar mi modus operandi en ese momento. Después de preguntar a tres personas si querían agua y decirme obviamente que sí (era lo que tenían en una de las copas), me animé y también eché agua en la cuarta copa. Aunque estaba tan animado que hubiera servido a toda la mesa , estaba un poco cansado de aguantar el más de kilo y medio que pesaba la botella de cristal; además, todos tenían agua y el cuarto también, así que a este último no le pregunté porque era obvio que sí quería. El cuarto en cuestión era mi jefe y le llené la copa hasta el borde. En ese momento me miró, y tras unos segundos dijo: “¡No!, no me eches que no es agua, es... tónica.” Pues nada, le había aguado la tónica al jefe. Yo creo que al Miura le hubiera gustado en ese momento darme una cornada.
En mi cabeza sólo se oía “tóóóniiicaaa”; luego también se oía: “eres giiiliiipooollaaas”. Casi con toda seguridad era lo mismo que estaba pensando él, y después de pasar por ese “momento avestruz” con cierto apuro y vergüenza, pensé: “Te jodes, eso te pasa por sentarte enfrente de mí. Y te libras que hoy no me he traído el cianuro.” Claro, eso le pasó por sólo beber tónica; con la mala sombra que tiene seguro que ésta me la guarda, de momento no me ha bajado el sueldo.
Ya veré si en la próxima cena lo de la tónica ha dado resultado. Reconozco que no lo hice con premeditación, pero gracias a mi descuido, en la próxima comida de trabajo me libro del jefe porque seguro que hace lo mismo que todos los demás hacen con él, sentarse en la otra punta de la mesa. Ahora ya he aprendido la lección, así que el que quiera agua que se la pida al camarero, porque cualquiera puede beber tónica. Todavía siento una mezcla de apuro y de risa, pero no siento remordimiento; eso le pasó por sentarse enfrente de mí.
