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sábado, 30 de junio de 2007

Por sentarte enfrente

A veces me pregunto por qué acabo en medio de ciertas escenas propias de una película de Mr. Bean. Estoy seguro que no todo el mundo se levanta de dormir y en lugar de echar al cepillo de dientes el dentífrico correspondiente, le echa jabón de manos del dosificador. “Pero, ¿qué clase de pasta de dientes ha comprado mi mujer?”, pensé. Por lo menos, cuando esto me pasó estaba solo... El otro día hice otra de Jaimito pero con un testigo de excepción: mi jefe.
Resulta que hace una semana salí a cenar con los compañeros de trabajo. La noche no empezó muy bien porque me pasó lo que a la mayoría no quiere que le pase en este tipo de cenas, es decir, sentarse cerca del jefe, dentro de su radio de acción, en ese grupo cercano con el que se comenta toda clase de temas banales. Se empieza por hablar de alguna anécdota agradable del trabajo (si la hay), se continúa hablando de la familia (hijos, sobrinos...), del menú de la cena, y se acaba hablando de lo que sea. En fin, no sé cómo lo hizo pero acabó sentándose enfrente de mí, ya no me escapaba ni con alas.
Que conste que a mí los jefes no me caen mal por naturaleza, sólo los que son muy, muy malos y éste lo es. Imaginaos el típico jefe que es mala persona, ese sujeto que todo te lo dice con una sonrisita de cínico-amable, ese ser que utiliza buenas palabras pero que te está entrando a matar con estoque. En definitiva, es esa persona con la que nadie se quiere sentar porque no desea pasar toda la noche con alguien a quien no quiere ver nunca y mucho menos fuera del trabajo.
En este tipo de cenas se ve claramente cómo la mayoría intenta sentarse a unos metros de distancia del enemigo. De repente, ves a la gente correr a coger sitio, se dan más prisa que en los encierros de San Fermín (¡maricón el último!). Éste es el momento más importante de la noche porque como te descuides un segundo ya estás perdido, te toca al lado del Miura. Pues bien, yo estoy dentro del grupo de personas que no se atreven a hacerle el vacío al jefe y no por falta de ganas sino porque uno intenta ser correcto con todo el mundo. Bueno, seré sincero, no me dio tiempo a coger sitio.
La cena transcurrió con normalidad, es decir, nadie le dio bola. La especie jefe-comunis dentro del hábitat hostil de una cena de trabajo suele lanzar comentarios al aire que son muchas veces ignorados por la audiencia y comentados por una rara avis (yo en este caso) que siente compasión.
En un momento de la cena y después de las cervecitas de rigor, del vino rosado y tras catar los primeros sorbos del tinto, justo cuando a uno se le va nublando un poco la claridad del pensamiento y del raciocinio, hice una de las mías. Yo que suelo preguntar antes de servir la bebida en un vaso, se me ocurrió cambiar mi modus operandi en ese momento. Después de preguntar a tres personas si querían agua y decirme obviamente que sí (era lo que tenían en una de las copas), me animé y también eché agua en la cuarta copa. Aunque estaba tan animado que hubiera servido a toda la mesa , estaba un poco cansado de aguantar el más de kilo y medio que pesaba la botella de cristal; además, todos tenían agua y el cuarto también, así que a este último no le pregunté porque era obvio que sí quería. El cuarto en cuestión era mi jefe y le llené la copa hasta el borde. En ese momento me miró, y tras unos segundos dijo: “¡No!, no me eches que no es agua, es... tónica.” Pues nada, le había aguado la tónica al jefe. Yo creo que al Miura le hubiera gustado en ese momento darme una cornada.
En mi cabeza sólo se oía “tóóóniiicaaa”; luego también se oía: “eres giiiliiipooollaaas”. Casi con toda seguridad era lo mismo que estaba pensando él, y después de pasar por ese “momento avestruz” con cierto apuro y vergüenza, pensé: “Te jodes, eso te pasa por sentarte enfrente de mí. Y te libras que hoy no me he traído el cianuro.” Claro, eso le pasó por sólo beber tónica; con la mala sombra que tiene seguro que ésta me la guarda, de momento no me ha bajado el sueldo.
Ya veré si en la próxima cena lo de la tónica ha dado resultado. Reconozco que no lo hice con premeditación, pero gracias a mi descuido, en la próxima comida de trabajo me libro del jefe porque seguro que hace lo mismo que todos los demás hacen con él, sentarse en la otra punta de la mesa. Ahora ya he aprendido la lección, así que el que quiera agua que se la pida al camarero, porque cualquiera puede beber tónica. Todavía siento una mezcla de apuro y de risa, pero no siento remordimiento; eso le pasó por sentarse enfrente de mí.

viernes, 15 de junio de 2007

Éste me ha traído a la IT-UVI

Hay que ver lo que son las cosas. Al igual que cuando nos vamos haciendo mayores uno tiene que ir preocupándose por su salud y es aconsejable acudir al médico no sólo cuando se está enfermo sino también para hacerse algún chequeo y comprobar nuestro achacoso estado de salud, todo propietario de automóvil debe llevar su coche al taller cuando da problemas, y pasar la Inspección Técnica de Vehículos cada cierto tiempo.
Pues bien, de momento yo paso de los chequeos, pero de lo de la revisión de la ITV no me queda más remedio que... también pasar, pero ¡por el aro!
Esta es la historia de mi coche; un compañero fiel curtido en mil carreteras que nunca ha dejado a su dueño en la cuneta en sus cuatro años de vida. La verdad es que solamente me he preocupado de alimentarlo (cambio de aceite) y revisar sus herraduras (hincharle las ruedas).
Un día recibí una carta en la que se me recordaba que debía llevarlo a pasar la revisión de la ITV. Así, cuando encontré una tarde libre me dispuse a llevarlo sobre las siete de la tarde, pero al ver que había mucha gente decidí irme a hacer otras cosas y volver dos horas más tarde, ya que me avisaron que a esa hora ya no quedaría nadie: “Pásate a las 9 y media que ya no hay nadie, pero no vayas más tarde que les sienta muy mal y no la pasas.” Hice caso y a las nueve y media estaba yo allí como un clavo.
Cuando llegué puse el coche en la cola y entré en la oficina a pagar el coste de la inspección; tras pagar, me monté de nuevo en el coche y esperé a que me llamaran. Me quedé el último.
Allá a las 21:55 se oye por el megáfono: “Por favor, el Opel verde que pase por la puerta dos.” Cojo mi llave, le doy al contacto y... el coche se vuelve loco. Intento desesperadamente arrancarlo una y otra vez y nada de nada; mi mujer estaba sentada al lado de mí y decía: “Trata de arrancarlo, por Dios, ¡Trata de arrancarlo!” (¿de qué me sonaba a mí esto?), las luces del salpicadero no paraban de encenderse y apagarse, los pestillos de las puertas se abrían y cerraban como en una película de miedo, mi mujer me estaba poniendo de los nervios, el mecánico que no dejaba de gritar por el dichoso megáfono: “¡Por favor, el Opel verde por el pasillo dos!, ¡por el dos!, yo que no sabía si cortarme las venas o dejármelas largas... Al final, veo que el mecánico se acerca al coche y me pregunta lo que pasaba, el por qué no le hacía caso, que tenía que cerrar.
Cuando le dije que el coche se había vuelto loco, se dio media vuelta y regresó al taller. En ese momento pensé que me echaba, pero regresó con unas pinzas para intentar arrancarlo; ni eso funcionó porque no iba ni a la de tres. Entró en coma. Finalmente me dijo que entrara a la oficina de nuevo porque iban a devolverme el dinero, que cuando solucionara el problema volviera. Y así hice, recuperé mi dinero, cerraron el taller y nos quedamos mi mujer, el coche y yo en medio de la nada (el taller estaba perdido de la mano de Dios, en plena huerta alicantina) esperando a que nos recogiera una grúa que tardó 45 minutos. Los dos en el coche, con las puertas abiertas (no queríamos quedarnos encerrados), en medio de la noche, solos y sin ni siquiera la compañía de la música del coche. ¡Qué triste!
Finalmente, al día siguiente pasé la revisión de la ITV pero con una batería nueva. Mi compañero fiel curtido en mil carreteras y kilómetros que nunca antes me había abandonado a mi destino, me dejó más tirado que una colilla.
Hay que ver las casualidades de la vida. Yo creo que al coche le pasó lo que le suele pasar a muchos niños (y no tan niños) que van al médico; les entra un tembleque y un no sé qué, y se sienten peor aún. A mi coche le pasó lo mismo, fue ver al mecánico y ponerse enfermo; cuando viera al “médico de la bata azul” pensaría: “No es la ITV, éste me ha traído a la IT-UVI. ¡Mamá!”
Desde luego que es verdad que un coche te puede dejar tirado donde menos te lo esperas. Que Murphy tome nota y apruebe una nueva ley, disparatada pero cierta: un coche te puede dejar tirado donde menos te lo esperas. Hay que ver lo que son las cosas.

miércoles, 4 de abril de 2007

El arroz no es sólo para la paella

Los que ya me conocéis sabréis que cada día me pasa algo nuevo. Pues bien, el otro día lavé en la lavadora un pantalón pero con tan mala fortuna que también lavé mi memoria usb. Sin ella estaba más perdido que Zapatero hablando francés.No iba ni a la de tres, así que me acordé que había oído que si un reloj se fastidia porque le entra agua, la solución es dejarlo toda la noche entre un puñado de arroz para que éste absorva el agua. También me acordé que un primo mío había hecho eso con un móvil al que le había pasado lo mismo.Así que puse la memoria en un vaso de arroz y... le entró un grano y casi me lo cargo.En serio, al principio fallaba y no lograba leer nada, pero lo dejé un día más y acabo de ver que sí funciona. ¡Milagro!

Este niño se está haciendo un hombre

Estos chavales son la leche. El otro día estaba en clase con una compañera y un chaval levanta la mano.Le pregunta mi compañera: "Vamos a ver, fulanito, ¿qué quieres?" Y el niño, muy formal él, le dice en medio de toda la clase: "Perdón, seño, esto... tiene... un... pelo en el seno" Jajajajjajjajajajjajjajjaj. La verdad es que mi compañera no sabía dónde meterse y acabamos descojonaos...
La verdad es que fue muy sutil, pero ¿qué hacía mirando ahí? Me da que este niño se va haciendo hombre...

Estos niños...

Esto creo que ya se lo he contado a alguien. El otro día, una alumna que se llama Pilar le viene llorando a un compañero y le dice: "Profe, fulanito me está llamando Pili la gorda". Y mi compañero le dice: "No te preocupes y te pongas así porque salta a la vista que estás delgadita". Y la niña le contesta: "Pero, si no es por eso, júntalo, júntalo todo". Pilila gorda...
Juro que es verdad y que ni es un chiste ni me lo he inventado.

Ojo chungo+Mano chunga=Ojo muy chungo

A veces me pasan cosas...Como algunos ya sabéis, casi me dejan tuerto , así que sigo un tratamiento con gotas en el ojo chungo. Debo estar unas semanas sin tocarme el ojo.Además, ayer me dió una tendiditis en la muñeca derecha y del dolor no puedo hacer fuerza, de hecho ni abrir una puerta. Pues bien, esta mañana se me ocurre echarme gotas en el ojo malo con la mano mala y como no tengo fuerza, se me ha escapado el botecito de las gotas y me ha caido de lleno en el ojo abierto. Me ha dado justo con un pitorrito que sobresale del bote de las gotas en medio del ojo abierto.¡He visto las estrellas del dolor! Se ha pasado el dolor del ojo a la cabeza. Parece que está sacado de una película de Mr. Bean.

Por Dios, que avisen antes...

Jodeeeeeeeeeeeeeeeeer, qué asco. Estaba tan tranquilo comiéndome un yogur, deleitándome con su textura, su sabor a frutos rojos, ñamñam... y de repente, miro a la tele y me encuentro con una operación de liposucción en vivo, sacándole el médico la grasa con un aparatejo que parecía una pistola de silicona. ¡Dios Santo!, ¿es que no pueden avisar? Que pongan un mensajito que diga: aquellas personas que estén cenando, que cambien si no quieren que les siente mal la comida. Vamos a sacar una foca a la que le vamos a quitar la grasa. Gracias.Qué malito estoy...

Hablemos de ESO

El otro día, una alumna árabe que domina perfectamente el castellano, me preguntó: "Profe, ¿qué es un orgasmo?"¡Madre del amor hermoso! La verdad es que no sabía dónde meterme. Todo el mundo riéndose y yo que no sabía dónde esconderme. En ese momento le pregunté: "¿Qué edad tienes?" Y me dijo que 16. Y pensé: "Pues a esa edad tendrías que saberlo, guapa". Sin embargo, fuí prudente y le dije: "Vamos a ver, bonita. ¿Por qué no vas y se lo preguntas a tus papás?"
La verdad es que creo que no lo sabía, no iba de cachondeo porque es buena chica, un poco pava pero buena chica.
Por cierto, esta mañana, un inglés de 12 años me ha preguntado lo que era polución nocturna. Y me he hecho un poco el loco y he pasado a otro tema.La verdad es que a veces a uno lo meten en un embolao de cojones...

¿Qué me pasa, doctor? IV

Lo último. Mi otra prima, que también es del gremio, me dijo que el otro día fue un chaval a su consulta con otro problema. El muchacho llevó al extremo lo de ser un hombre metrosexual. Se dedicó a depilarse los testículos con ¡crema depilatoria! ¡Manda huevos! Pues eso, huevos churruscaditos...

¿Qué me pasa, doctor? III

Una prostituta también se dedicó a jugar con su ano. Lo que pasa es que lo hizo con una botella de cristal de Coca- Cola. No sé... ¿nadie le dijo que se bebe por la boca?

¿Qué me pasa, doctor? II

Otro día, llegó a urgencias un hombre muy apurado y nervioso. Tenía un problema serio porque se había metido un consolador por el ano. Lo que pasa que el utensilio se perdió por el camino y ya no pudo recuperarlo. Lo gracioso fue que el hombre estaba muy nervioso, y cada vez que uno se acercaba a examinarlo, se oía una ligera vibración. Aquello tenía pilas Alcalinas.

¿Qué me pasa, doctor?

Lo que me contó mi prima fue que un día llegó a un hospital un hombre de casi setenta años. Estaba muy nervioso y no quería decirle a nadie lo que le pasaba; cuando se arrancó a contarlo, dijo que había intentado meterse una cánula pequeña por el ano para echarse crema, ya que decía que tenía hemorroides.
Pues bien, tras las pertinentes radiografías, vieron que tenía en el recto un objeto de tamaño considerable. Tras darle al hombre un laxante para que expulsara el susodicho objeto, delante de los presentes expulsó, nada más y nada menos que... ¡un puro con su funda de metal! Por supuesto que nadie pudo contenerse la risa, y el médico le dijo: "Hemorroides, hemorroides... ¡Por favor, usted ya es mayorcito para jugar con no sé qué cosas!"

Mi mujer me engañó y yo me la pillé

El otro día mi mujer me engañó. Me dijo que íbamos al oculista pero lo que no me dijo era que íbamos a estar allí sólo media hora. Cuando salimos yo quería volver a casa pero ella insistió en quedarnos e ir de tiendas; tonto de mí, acepté a regañadientes.
Se me olvidaba decir que hacía un día feísimo; llovía a mares y hacia un viento que doblaba los paraguas. La situación era: paraguas en una mano, el viento doblándolo, las perneras de los pantalones arrastrando por el suelo mojado, los cordones sueltos (siempre en el peor momento posible) y en la otra mano bolsas de la compra. Encima, me estaba constipando de entrar a sitios con la calefacción alta y de salir seguidamente a la calle con esa ventisca. Además, tenía a mi mujer sin parar de decirme que era un quejoso y que era la última vez que se iba conmigo de compras (pues vaya disgusto, jeje).
Pues en el momento ese en el que estaba en medio de la calle mojándome, con el paraguas, las bolsas, estornudando, pasando más frío que lavando apio, con mi mujer dándome la vara y tras varios intentos por abrocharme la cremallera... Sujeté el paraguas entre el cuello y el pecho (no le iba a decir a mi mujer que sostuviera el paraguas para que se le ocurriera moverlo y me calara), deslicé las asas de las bolsas por mi muñeca con aspavientos y logré juntar los dos extremos de la cremallera con las manos; subí la cremallera de un fuerte tirón hasta el cuello para cubrírmelo del viento y... ¡zas! ¡Me pillé la nuez con la cremallera!
Creo que el grito se oyó en la otra punta del pueblo y las carcajadas de la jodía de mi mujer también. Me hice sangre del pellizco y todavía tengo la marca en el cuello. Además, la garganta la tengo destrozada del frío que pasé y de lo que me mojé.

Esto me pasa por orgulloso

Me he metido en un callejón sin salida y eso me pasa por orgulloso.
El otro día fuimos mi mujer y yo a comprar un zapatero de melamina. Tenía dos precios; uno era más caro porque el de la tienda lo montaba, y el otro más barato porque había que montarlo. Todo fue por orgullo porque la diferencia era sólo 10 ó 15 Euros; decidí llevármelo sin montar porque creía que estaría chupado. ¡Ni de coña!
Tengo que decir que en lo de manualidades y chapucitas soy más negao que Manolo y Benito. Sin embargo, quería demostrarle a mi mujer que esta vez iba a cambiar; el de Bricomanía se quedaría en aprendiz (con lo fácil que se ve desde el sofá).
Pues nada, lo compré ayer y se me ha ocurrido echarle un vistazo. ¡Madre mía! Yo creo que el Titanic tenía menos piezas.
Me he metido en un callejón sin salida y eso me pasa por orgulloso.El otro día fuimos mi mujer y yo a comprar un zapatero de melamina. Tenía dos precios; uno era más caro porque el de la tienda lo montaba, y el otro más barato porque había que montarlo. Todo fue por orgullo porque la diferencia era sólo 10 ó 15 Euros; decidí llevármelo sin montar porque creía que estaría chupado. ¡Ni de coña!Tengo que decir que en lo de manualidades y chapucitas soy más negao que Manolo y Benito. Sin embargo, quería demostrarle a mi mujer que esta vez iba a cambiar; el de Bricomanía se quedaría en aprendiz (con lo fácil que se ve desde el sofá).Pues nada, lo compré ayer y se me ha ocurrido echarle un vistazo. ¡Madre mía! Yo creo que el Titanic tenía menos piezas. Tornillos pequeños, más pequeños, ¡68 clavos!, tablas..., y unas instrucciones clarísimas (para el que las hizo).Por si fuera poco se me ha ocurrido intentar hacerlo delante de mi mujer. Yo creo que mientras me veía pensaba: "es más inútil de lo que creía". No me ha quedado más remedio que echarle la culpa al fabricante; "estos tornillos no tienen punta..., faltan clavos..., podrían hacer las instrucciones más claras..."Al final, sin querer herir mi orgullo de machito me ha dicho: "si quieres lo embalamos y que nos lo monten". Y claro, ¡qué vergüenza!, seguro que se van a reir del espabilao de mí. Pues por mis güevos que lo hago sea como sea.De momento tengo una habitación hecha un lío. Mi mujer ya me está diciendo qué hago con el ordenador en lugar de estar con el zapatero y me ha entrado un dolor de cabeza que no veas.Y todo me pasa por ser un orgulloso, ¡y un inútil, claro!

Un viernes por la tarde

Un viernes por la tarde, me llama mi cuñao al móvil y me dice que ha tenido un accidente, que necesita que le recoja, y allá va Pacas que acude al rescate. El golpe fue muy fuerte, de hecho el coche fue siniestro total; no fue un golpe contra otro coche, ¡qué va!, se salió de la carretera y se estampó contra un murete y una estatua de una mujer que había al lado de la carretera. El otro coche, imprudente él, se dio a la fuga, y mi cuñao se quedó allí, con un mal humor de coj.... y sin coche.
Allí estuvimos esperando a la grúa unos 45 minutos, junto con otras personas que habían allí y, sobre todo, junto al dueño de la estatua y sus dos amigos; cuando se fue la grúa, nos quedamos allí de plantón unos 5 minutos mientras me explicaba lo que le había pasado.

Hasta ahí, parece una historia normal. ¿A que sí? Pues no. Resulta que la estatua era una señorita desnuda muy coqueta ella; esta estatua estaba a la puertas de un local majestuoso lleno de luces intermitentes; mi coche, mi cuñao y yo estábamos en la puerta de este local también conocido como prostíbulo, los dos amigos eran los gorilas del dueño, las otras personas eran unas señoritas de vida alegre que salieron a ver qué pasaba, y el dueño, de muy malas maneras, quería saber qué iba a pasar con su estatua rota.

Sin quererlo, me sentía mal porque si pasaba alguien que conocía, iba a pensar que era un vicioso. Pero, ¿quién iba a pasar por allí? Aunque es una carretera muy transitada, también sería mucha casualidad que alguien conocido me viera.
Lunes. Ocho de la mañana. Entro en clase y me encuentro un revuelo diferente al de cualquier otro día. De repente se oye una voz al fondo y se hace el silencio: “Yo quisiera preguntarte algo, profe”; en ese momento, no tenía ni idea de lo que quería el más granuja de todo el instituto.
Se levanta, y entre carcajadas me pregunta: “El otro día te vi. Iba yo... con mi padre en el coche... esto... ¿tú sueles ir a esos sitios?” La verdad es que no sabía qué quería decir, pero me lo aclaró: “¿Estás casado? Te lo digo porque... Le interrumpí y le pregunté: “Pero vamos a ver, ¿se puede saber de qué estás hablando? Dilo claro, hombre, que no sé de qué me hablas”.
Tomó aire y me soltó sin respirar: “¡Joder!, que te vi por la tarde en la puerta de un puticlub con un colega y rodeao de putas así que no me digas que no sabes de qué te hablo”. El muy hijo de su madre se quedó tan pancho y yo en fuera de juego.
Finalmente, aunque tendría que poner orden y seguir con la clase, intenté explicar el incidente, pero no me dejaba decir nada mientras me interrumpía con un “ya, ya, ya, seguro..., claro, claro...”

Mamma Mía.

Salí en tren con destino Atocha el sábado por la mañana. Como Lina Morgan camino de la ciudad se me ocurrió irme de excursión con mis primas, mi hermana y el marido, mi mujer, una tía y yo. Sí, no sé por qué diantres me embarqué en tal viajecito. Bueno sí lo sé, sabía que pasaría algo interesante para contar.
En la ida, nuestro vagón era el vagón restaurante. Sí, lo habían trasladado allí en el momento en el que mi tía subió en él: bocatas, ensaladas, pasta, agua, refrescos, frutos secos, empanadillas, cruasanes de chocolate, tomatitos Cherry... Todo en una bolsa de mi tía, igualito que Lina Morgan, sólo faltaba la gallina. ¡Qué vergüenza!
Cuando llegamos a Atocha, cogimos el metro, y cuando pasamos por donde se introduce el billetito, se enganchó el asa de mi maleta en el hierro, y montamos un atasco... Descojone general. Ahora, me sentía Paco Martínez Soria. ¡Qué bochorno!
Llegamos a la pensión en Fuencarral, pero se equivocaron y había reservada una habitación menos. La pensión no era gran cosa, pero mi mujer y yo tuvimos que emigrar a otra que nos buscaron en frente.

Se nos ocurrió entrar. Estaba en un cuarto piso en dónde se alquilaban habitaciones. El pasillo era más viejo que la tos y la puerta de la época del Partenón. Tocamos el timbre y mientras chirriaba la puerta se asomó el casero. Cuando me di cuenta que era el casero y no el cochero de Drácula, entramos al recibidor. Nada más entrar oí que en el pasillo había cierto escándalo y se oía cantar la cancioncita Aquí, aquí, aquí no hay quien viva, aquí no, aquí no, uhah... entre risas y gritos (eran ellos). En ese momento pensé que la entrada al edificio y el ascensor eran igualitos. Se oyó el timbre y aparecieron allí mi hermana y su marido, mis tres primas y mi tía a romper el silencio mortecino del castillo (claro, dormía el rey de los vampiros). Descojone general y mi mujer y yo que no sabíamos si cortarnos las venas o dejárnoslas largas.
Nos enseñó la habitación con toda la tropa detrás y nos tuvimos que quedar con ese cuchitril porque a esa hora del sábado, ¿qué encontraríamos? Era la típica habitación- picadero usado por señoritas de mala vida; cama ruidosa de muelles, retrato pintado colgado sobre la cama de una señorita enseñando un pecho como quien no quiere la cosa. ¡Qué panorama!

Dejamos las cosas y salimos de allí pitando. Cuando salíamos, leímos en un cartel una nota que decía algo de no cambiarse las parejas en las habitaciones o no se qué. Y yo pensando que alguien en algún momento ya intentó hacerlo. ¡Sodoma y Gomorra!
De allí, fuimos a pasear por Fuencarral y Chueca. Nos recorrimos casi todas las tiendas, un viejo borracho intentó pegarnos con un callado, un loco con traje pasó pegado a mí a mil por hora y con paso de marcha militar diciendo: “Tengo el mono, me cago en D..., me voy al Jarama, me estrello y uno menos”...
Cuando se hizo de noche, cenamos y fuimos a ver el musical Mamma Mía. El musical no estuvo mal pero de lo que más me acuerdo es del calor que pasamos.
En el descanso de la obra, repartieron un papelito que teníamos que rellenarlo con nuestros datos personales. Además, teníamos que contestar a la pregunta ¿Cómo definirías la experiencia de vivir un musical, y la mejor respuesta tendría un premio de dos noches para dos personas en un Spa. Y yo pensando en la pensión y el cochero del Conde Drácula.
Como estaba muerto de calor y me estaba aburriendo, opiné sobre la experiencia de ver un musical. Escribí: Muy buena. Pero hablando en serio, hace un calor que te cagas, a ver si encendéis el aire porque me estoy asando.
En otro papelito puse: ¡Hoooooola! Soy yo, el del aire, otra vez... A ver si le dais al aire acondicionado porque me aso como un pollo frito. ¡Joé, setenta euracos la entrada y no tienen para el aire!
Finalmente, acabó el musical. Me dolía el culo y a más de uno le cantaba el alerón (no era mi alerón, ¡eh!, yo ya era pollo frito).

Cuando salimos, nos fuimos a la pensión, pero de camino, mi hermana y su marido junto con mi tía (la Lina Morgan) le preguntaron a mis primas dónde ir a tomar una copa.
Las muy capullas les recomendaron dos sitios. Uno se llamaba El oso y el madroño (lo del oso viene porque van de cuero enseñando la mata de pelo del pecho, vamos, como un oso). El otro lugar era de homosexuales, pero cuando pasaron por la puerta se dieron cuenta de la bromita. ¡Qué cachondas las primitas!
Nosotros nos dirigíamos al castillo... Cuando entramos, ya no estaba el cochero, había un chaval que educadamente nos llevó a la habitación.
¡Vaya noche! Me costó pegar ojo porque pensaba que en cualquier momento un chulo, cuchillo en mano, partiría la puerta de la habitación de una patada en busca de su puta. Además, los muelles de la cama hacían un ruidito infernal, y el ascensor estaba al lado del cuarto y no paraba de oírse (la noche debió ser movidita, con muchos servicios).

A la mañana siguiente salimos de allí. Nada más abrir la puerta apareció allí el cochero de repente: “Buenos días”. ¡Qué acojone con el cochero! Pagamos y nos fuimos.
De allí fuimos a desayunar rosquillas con chocolate caliente y luego al rastro. ¡Dios!, ¿cómo pueden tener los santos cojones de vender hasta un tornillo oxidado? Yo ya había montado el zapatero y no me hacía falta ninguno.
Nosotros no nos llevamos nada, pero los manguis se llevaron las gafas de vista de mi cuñado. ¡Vaya tela!
Llegamos a RENFE y partimos hacia casa. Hogar, dulce hogar.

Cómo poner una antena y no morir en el intento

Todo comenzó cuando decidí comprarme un deco y entrar en el mundo floral. Después de que mi tío estuviera un tiempo hablándome de lo maravilloso que era ver “el truco”, fui con él a la caza y captura de un aparatejo que me permitiría ver al Madrid todas las semanas. Tras medioengañar a mi mujer de lo maravilloso que sería (“verás todas las series y pelis que quieras...”) y de gastar la palabra “cariño”, allá voy yo con mi tío y se lo compro a uno, que me lo vende como el típico brebaje de las películas del oeste (que sirve para todo, vamos). Incluso, el hijo de su madre me dice mientras me mira con cara de complicidad: “tiene todo tipo de canales, hasta un canal porno de maricones. No sé, cada uno tiene sus gustos”. Yo pensé, “¿por qué me mira este tipo? Maricón, tu pu.. padre”.
Bueno, el individuo me vuelve loco, con el mando, las páginas, las antenas, el motor, las frecuencias... Y yo pensaba que era sólo el aparatito y a funcionar. ¡Pues no! Me dice que me tienen que poner una antena, mejor con motor, y además me recomienda a un chico “muy bueno”. En realidad a dos, pero uno sólo pone antenas sin motor.
Le compro la supermáquina y me voy a casa. Al día siguiente llamo al “especialista antenista” y quedo con él.

El “especialista antenista” resulta ser dos chavales de unos 17 años que “ponían antenas con motor”. El que ponía antenas sin motor era su profesor. Sí, su profesor del instituto ponía antenas sin motor, y ellos, los chulos, con motor.
Tuve que hacer varios viajes a su pueblo (a 25 km.) y traerlos a mi casa (para ver la terraza y el tipo de antena, para la instalación, la segunda instalación, la tercera...) No tenían coche y tuve que hacer de taxi, transportista, antenista...
Los llevo un sábado por la mañana a casa y empiezan a las 9:30 horas la instalación. Después de no sé cuántas horas para poner el mástil y la antena, empiezan a pasar la guía por los tubos. Después de más de horas de intentos, termino llamando a mi cuñao el electricista para que me eche una mano. Y vaya si me la echó.
Se le ocurrió echar agua por los tubos para empujar a la guía, pero se fue animando y echó varios litros porque no salía el agua. Hasta que salió...
Empezó a caer todo el agua por un ojo de buey del pasillo del quinto. Bajé a mi piso por una fregona y cuando subí, el vecino estaba en el pasillo preguntando lo que pasaba. Le dije que era un problema de unas tuberías, “es que... como ha llovido... había agua estancada...”
En ese momento, estaba yo recogiendo el agua, mi vecino mirando, un “antenista” pasando la guía, el otro “antenista” gritándole desde abajo “¡no la veo!”, mi cuñao diciendo que necesitábamos más agua, y mi mujer en casa mosqueada diciendo “sí que tardáis”, “¿Tú no comes?”, “si lo llego a saber...”, “¿Qué hace mi hermano aquí?”, “¡¿Para qué quieres la fregona?!”
Pasan las horas, y a las 19:30 horas consiguen pasar la guía y el cable de antena. Faltaba orientar la antena. Tras dos horas más, y con un buscador de señal propio del Cuaternario, encuentran un satélite, pero el motor no va. ¡Lo que faltaba! Al final, a las 22:00 horas los llevo a casa y quedamos para otro día para ver lo del motor.

Pasa una semana, y tras varias llamadas perdidas hablo con uno de ellos (el otro socio no quería saber nada del tema y se cambió de número). En fin, quedo con el otro, y me da plantón dos veces. A la tercera, viene pero con su padre. Cambian el mástil de sitio, me cambian el motor por otro, e intentan buscar otros satélites. Después de estar todo el domingo (desde las 9 hasta las 19:00 horas), mojados por la lluvia y muertos del frío, el chaval medio llorando me dice que no sabía cómo encontrar los canales. Se va y me deja sin ver ningún canal toda la semana.
Para acabar, voy a hablar con el tipejo que me vendió el aparatejo y le presento mis quejas. Me da la solución: “no le pagues lo que le debes y busca a otro antenista. Además, el motor que te puso es uno de segunda mano que lo ha comprado de una tienda de moros”. ¡Toma Geroma!
¿Cómo acabó? Al final, contraté a unos antenistas que sólo pudieron pillarme cuatro satélites, pero viendo casi los mismos canales en todos ellos. Además, “gracias” al mástil tan largo, cada vez que hace viento, se mueve la antena y no veo casi nada. Cuando anuncian viento, pienso en mi pobre antena y tiemblo, pero yo aún más que ella. El “antenista especialista” me intentó engañar y encima se metió en dónde no le llamaban porque no sabía instalar eso. Desde luego, no le pagué todo lo que él quiso, ¡vaya caradura! Y en el móvil, a su número le puse “antenucho cabrón” y ya no quise hablar con ese chapuzas que intentó colarme ese motor. Pero eso no es lo peor. Lo peor es tener que oír a mi mujer decir que la he engañado, lo poco que se ve y lo mal que se ve. Cuando digo que casi me cuesta el divorcio, no miento.

El viajecito

Quisiera contar cómo me fue un viaje que hice para ver un partido de fútbol. Y a sé que esto debería ir en Deportes pero como me gusta más esta sección, lo contaré aquí.
Corría el año 1998 y yo estaba estudiando en la Universidad de Alicante, ya en el último año de carrera. Era martes por la tarde y a mitad de clase, toca el conserje en la puerta, pasa y pregunta por mí. Me dice que llame inmediatamente a casa porque era urgente. Creyendo que pasaba algo malo, allá que llamo a casa y se pone al teléfono el capullo de mi tío: “Oye, ¿te vienes esta noche a Holanda, a ver la final de la Champions Real Madrid contra Juventus? Tengo aquí el billete de avión y la entrada.” No tardé ni un segundo, al rato estaba yo allí.
Nos fuimos en autobús a Madrid y de allí a Ámsterdam. Cuando llegamos a Barajas, éramos tantos en el aeropuerto que sin mirar los billetes entramos en el avión como ovejas. Ya en Ámsterdam, seguíamos siendo como ovejas pero descarriadas.
Me explico. Llegamos en autobús y cogimos un metro hasta el centro (ahora parecíamos sardinas en lata). Cuando llegamos a las calles de Ámsterdam, se nos ocurrió a mi tío, a otros peñistas y a mí, ir por un carril muy mono que había. De repente, oímos unos gritos y timbres... En efecto, los gilipollas íbamos por el carril de bicis (¡Estos españoles parecen cabras!, dirían en su idioma). Seguimos hasta un puesto ambulante que había allí, y mi tío me dijo que le preguntara al hombre dónde estaba el Barrio Rojo (como dice un amigo, yo hablo extranjero...), y hasta allí llegamos. Aquello era muy gracioso, turistas haciendo fotos a esos escaparates (como dice mi madre, “con más m... que el palo de un gallinero”) con tías despelotándose. Y nosotros flipando.
De allí nos fuimos a comer. Fuimos a una de esas cadenas de restaurantes de comida rápida. Comimos y cuando fuimos a pagar hice de intérprete. Nos dijo lo que valía y mi tío, que es más silvestre que las amapolas, me dijo que le dijera a la camarera que le daba lo que él quería y no lo que valía. Allá que le traduzco. Ella que no, él que sí... Bueno, nos fuimos sin darle más de lo que mi tío decía, y yo boquiabierto.
De ahí a tomar café, y desde dentro del local vemos pasar al presidente del Madrid, Salimos como posesos a hacernos una foto. Nos la hicimos a expensas de que casi le diera un infarto del susto a Lorenzo Sanz. Allí que aparece un energúmeno que casi me tira del empujón; era uno de Caiga Quien Caiga que encima me grabó en video y salí en la tele (le dije a mi profesor que ese día estaba enfermo, jeje, y me pilló).
Nos fuimos en autobús al estadio y coincidimos en la puerta con el juez Garzón (aunque es del Barça, iba con su hijo que es del Madrid). Fotos y a volverle también loco (nos hicimos fotos hasta con las farolas).
Y eso. Entramos al estadio, vimos a Los del Río, cantamos Macarena, Mijatovic marcó el gol, la gente llorando... y yo en una nube (sí, el policía de detrás de mí se tiró todo el partido fumándose unos petardos). Terminó el partido y a la salida nos querían quitar nuestras bufandas del Madrid unos holandeses, y la organización nos llevó a un hangar. Estábamos como refugiados; al salir, personas atropelladas por los autobuses, pilladas por las puertas de los autobuses. ¡Que caos! Ya nadie se acordaba del partido, menos mal que ganamos.
Llegamos al aeropuerto, y otra vez sin que nos miraran los billetes, nos dejaron en los aviones. Conforme llegábamos nos metían en los aviones; se llenaba uno, pues a otro. Así, tuvimos suerte de llegar los últimos a uno porque nos tocó en primera clase en un airbus de dos plantas.
Mi tío, afónico, me dijo mediante gestos que le dijera, en extranjero, a la azafata que le trajera un vaso de leche. Claro, con los gestos, ésta creyó que el pobre era mudo y nos trajo hasta bollos y galletas. Gracias a Dios ya no hablaba porque ¡vaya día!En fin, llegamos a Madrid y de allí al pueblo. Parecía que había pasado un mes.

¡Si por lo menos te hubieras peinao!

Os voy a contar una cosa que me pasó cuando era pequeño. Tendría unos 7 u 8 años más o menos.
Os pongo en situación: siete de la tarde, yo jugando a las canicas en un parque de mi pueblo con unos amigos, equipado con el pantalón corto y la camiseta del Real Madrid, lleno de tierra, con deportivos sucios (de estar la tarde entera arrastrándome por allí) y con el pelo alborotao (con el remolino característico en mí que no se me quita ni a la de tres). En fin, como veis, hecho un andrajo y listo para que mi madre me metiera directo a la lavadora.
Se supone que al único sitio que debería haber ido desde allí era a mi casa porque parecía un indigente, ¿a que sí?... ¡Pues no!
Resulta que se presenta allí otro amigo con su madre, le saludo y me dice que de allí se va a un sitio con su madre y me pregunta si me voy con él. (¿su madre no vio que iba indecente?) Yo encantado. Y así nos vamos mi amigo, su madre, mi pelota de reglamento, la bolsa de las canicas, y yo con más mierda que el palo de un gallinero.
De allí, nos vamos a un sitio donde hay mucha gente elegante, muchos niños muy monos con sus equipaciones de fútbol impolutas y yo con ellos. Pues resulta... que estaba en el local con más glamour del pueblo con la gente mas pija preparándose para ver...

Síiiiiiiiii... UN DESFILE DE EQUIPACIONES DEPORTIVAS. Y allí estoy yo con la segunda equipación del Madrid (no porque fuera la segunda equipación, sino porque era entre marrón y gris y ya no era blanca). Si fuera de otro equipo..., pero da la casualidad que la del Madrid es blanca.
Detrás del escenario, en un cuarto, nos estaban preparando para el desfile (¿nadie tuvo compasión de mi?).
Allá que salen todos en orden (muy coquetos ellos), paseo para allá, vuelta, regreso, aplauso... Y allá que voy yo, que no sabía lo que pasaba ni a donde iba. Salgo, veo a toda esa gente sentada, elegante, expectante, yo acojonao porque soy de lo más vergonzoso del mundo... Pues se hizo un poco el silencio, algún gesto de asombro, alguna sonrisa... y de entre la gente veo una cara que me es familiar. Es mi tía que había ido a ver ese desfile tan mono (y acabó viendo al mono de su sobrino). Todavía no se me ha olvidado la cara que puso.
Pues eso, salgo, ando, me acojono, veo a mi tía, giro, vuelvo y me meto al cuarto.
Cuando vuelvo, no pasa ni un minuto y mi tía ya estaba allí. Un poco alterada la mujer y medio descojonada (vamos que le daba la risa tonta), me pregunta qué hacía allí y acaba llevándome a su casa.

Ya desde allí llama a mi casa. Habla con mi madre y le dice: “¿A que no sabes a quien tengo aquí? A la perla de tu hijo”. “¿Pero dónde se ha metido el borde?”, dice mi madre.... Bueno, finalmente llego a mi casa. Cuando llegué, mi madre no paraba de decirme: “Pero, ¿cómo se te ocurre? Si sólo te hubieras peinado... Podrías haber ido a casa de la tía para peinarte. Si sólo te hubieras peinado...” Y yo mirando al suelo, con mi pantalón corto, mi camiseta, mi balón (no sé qué pasó con las canicas), lleno de suciedad desde la cabeza hasta los pies... y sin saber qué pasaba.
Yo no me había enterado de lo que había pasado, es decir, había hecho el gilipollas sin haberme dado cuenta. Yo tan feliz con la camiseta del Madrid. “Sí. Es mi equipo ¿Qué pasa?”, debí pensar. Eso sí es llevar la camiseta con orgullo, no como los de ahora!
Todavía, cuando mi madre se acuerda de lo que pasó aquel día me dice: “Ay... si te hubieras peinado...”. Yo sin embargo, me acuerdo de la madre de mi amigo y de los que estaban en ese cuarto y no me dijeron: “Anda rey, por lo menos péinate!”