Mostrando entradas con la etiqueta ¿Qué tiempo hace?. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ¿Qué tiempo hace?. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de febrero de 2008

Conociendo mi entorno

Hoy en día, nos hemos acostumbrado tanto a las predicciones meteorológicas de los informativos de televisión, que hemos ido perdiendo los sabios conocimientos de nuestros mayores, y de aquellos labradores que se convirtieron en maestros del cielo para poder sacar sus tierras adelante.
Cuando éramos pequeños, imaginábamos cómo serían las cosas allá por el año 2000, en el siglo XXI. Todos soñábamos con la revolución tecnológica y con las cosas buenas que traería la ciencia; en este sentido, el ser humano ha sabido mirar hacia delante y conseguir todo tipo de logros y avances, pero ha dejado de mirar hacia atrás. En pleno siglo XXI, un niño es capaz de hacer virguerías con un ordenador, y al mismo tiempo creer que los huevos vienen del frigorífico o del supermercado.
Érase una vez, cuando no había Internet, ni hombre del tiempo, ni televisión. En aquel tiempo, el regalo más importante que un padre podía hacerle a su hijo no era una Play Station, sino el profundo conocimiento de su entorno. Los hombres del campo trasmitían a sus hijos el secreto de cómo interpretar el microclima en el que vivían, de cómo sacar el máximo provecho de la naturaleza para salvar sus cosechas, sobre todo en este seco sureste español por donde “pasa” el río Segura.
No hace mucho tiempo, no había un Maldonado, ni un Picazo, ni un Brasero, ni un Sánchez de Oca. Teníamos al gato, la mula, la araña, al gallo, los pájaros... Se observaba el cielo, los árboles, las estrellas o el aroma de la naturaleza; una época en la el hombre estaba en contacto con la Tierra, una tiempo en el que observábamos nuestro mundo desde el suelo y no desde un satélite en el espacio.
Siempre se ha dicho que si las mulas movían las orejas, si el gallo cantaba a deshoras, o si las golondrinas volaban bajo, venía una tormenta. Si el gato maullaba durante el día, si las arañas tejían fuertes telarañas, si aparecían hormigas con alas o las abejas bebían agua, la lluvia venía de camino. Cuando una cicatriz picaba, los muebles crujían o la tierra desprendía olor a mojado, había que resguardarse.
Para dominar el arte de la meteorología, no hacía falta salir en la tele ni estudiar en la universidad, sólo había que sentarse a observar las formas de las nubes o el color del cielo. Si en el cielo se cruzaban nubes de distinta altura, mal tiempo se anunciaba; si había niebla por la mañana, las estrellas brillaban con fuerza o había mucho rocío, habría buen tiempo; y si la luna brillaba radiante y el cielo era una cosecha de estrellas, se barruntaba helada. Sin embargo, lo más importante era pasar muchas horas observando y observando, para así conocer el lugar donde uno vivía.
Estamos en otro tiempo, y lo único que nos queda del estudio climático de los hombres son los refranes (bueno, eso creo). Aún así, el refranero popular desgraciadamente debería revisarse porque los tiempos cambian (climáticos, claro) y el hombre ha conseguido en este siglo XXI avanzar tanto, que ha sido capaz de cambiar el clima con sus propios actos. Por cierto, menos mal que hay meteorólogos, satélites o incluso esas pinzas de tender que detectan si va a llover o no, porque si no fuera por ellos, no sabría si tendría que recoger la ropa tendida o lavar el coche, porque yo, como muchos otros, somos esclavos del progreso.