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miércoles, 20 de febrero de 2008

¿Acuálo?

La verdad es que no entiendo muy bien cómo los callosinos nos entendemos con el resto del mundo. Digo esto porque en nuestro pueblo hemos desarrollado, a lo largo de los años, un dialecto propio. Cuando oyes a un callosino parece que estás escuchando a un murciano hablar un valenciano castellanizado. Sin lugar a dudas, en Callosa, como en el resto de la Vega Baja, se habla como en ningún otro sitio.
Cuando era pequeño, nunca jamás había visto una ciruela porque yo comía prunas; me encantaba la binsa del tomate (porque tenía binsa, y no semilla). Mi abuela siempre tenía en el patio una arábega (albahaca) que olía de maravilla y se angrunsaba (mecía) en la angrunsaera (mecedora). Me encantaban las camuesas (manzanas) y comía tápenas (alcaparras), bajocas (judías), camarrojas, lisones y serrajones (verduras silvestres), floricol (coliflor), aguacate (como le llamamos a los nísperos), tramusos (altramuces), cocos ( se le llama a todo tipo de frutos secos) y carlota (zanahoria). Al maíz le quitábamos la pellorfa (lo que le envolvía) y me encantaba el soplillo (merengue) de las tartas.
Si venía al pueblo un amigo de fuera y se reunía con un grupo de callosinos, siempre había uno de ellos que hacía de traductor. Si fulanito era un maganto, era un vago; si estaba baldao, estaba hecho polvo; si era un jaleante, era un burlón; si era un busagre o un sangonereta, se lo comía todo; si era un dotor, era un sabelotodo; si menganito era un manifasero, era un entrometido; un milocha era un tonto y un simplón; un mojete era un cotilla; si era un pijotero, era alguien que imponía su criterio y un perfeccionista; un quisquilloso, era un puntilloso y de difícil trato; si era un ratero, era un tramposo; si era un sompo, era un torpe y simplón; y si tenía asogue, era un inquieto.
Cuando me portaba mal, mi padre me daba un calbote o cave (golpe en la cabeza); si tenía la garganta irritada, tenía garraspera; un golpe en la cara era una getá. Yo siempre hacía hasiagos (travesuras, trastadas), en fiestas tiraban cuetes (cohetes), jugábamos al fútbol en un escampao (raso), mi abuelo decía “orsay” cuando un futbolista estaba en fuera de juego, las calles las asfaltaban de galipote (alquitrán), el agua venía en una marraja (garrafa), la fruta se ponía pansía cuando maduraba mucho, y mi hermano cogía saragustines (saltamontes).
La cosa no queda ahí. Un callosino de pura cepa no dice “¿qué?” dice “¿acuálo?” o “¿cuálo?”, la tovalla es la toalla, muncho es mucho, y para decir “fíjate” dice “até”. Un chichinabo es una cosa pequeña, un samarraso es un golpe o una caída, un ramalaso es un ataque de nervios o cambio de humor, y un meque es un golpe. Yo me divertía tirándome de la julaerica o costerica (cuesta), me sentaba repantigao en el sofá si me dejaban rancho (hueco, sitio), y mi primo era un mañaco (infantil). Si tienes melsa eres un tranquilo; si un ato (prenda) te queda mal, es un sarnacho; una perola es una olla, una safa es una jofaina, y un pol es un golpe con el dedo índice o corazón partiendo del pulgar. A fulanito no le da un síncope sino un torsón; una tronera es una sucesión de truenos, coger copero es ir a más; hacer una trasfullá, es hacer una putada; y si la casa está caliente, hay calentor. Además, en Callosa no hay niebla porque sólo hay boria.
A pesar de todo, nos entendíamos y nos seguimos entendiendo, pero cada vez se va perdiendo más vocabulario. Lo que identifica a un callosino es su San Roque, su sierra y su huerta, aunque de lo que está más orgulloso es de su forma de hablar. Cuando alguien no usa estas palabras sino su equivalente al castellano, te miran de forma extraña y dicen: “ése es forastero, seguro”.