Salí en tren con destino Atocha el sábado por la mañana. Como Lina Morgan camino de la ciudad se me ocurrió irme de excursión con mis primas, mi hermana y el marido, mi mujer, una tía y yo. Sí, no sé por qué diantres me embarqué en tal viajecito. Bueno sí lo sé, sabía que pasaría algo interesante para contar.
En la ida, nuestro vagón era el vagón restaurante. Sí, lo habían trasladado allí en el momento en el que mi tía subió en él: bocatas, ensaladas, pasta, agua, refrescos, frutos secos, empanadillas, cruasanes de chocolate, tomatitos Cherry... Todo en una bolsa de mi tía, igualito que Lina Morgan, sólo faltaba la gallina. ¡Qué vergüenza!
Cuando llegamos a Atocha, cogimos el metro, y cuando pasamos por donde se introduce el billetito, se enganchó el asa de mi maleta en el hierro, y montamos un atasco... Descojone general. Ahora, me sentía Paco Martínez Soria. ¡Qué bochorno!
Llegamos a la pensión en Fuencarral, pero se equivocaron y había reservada una habitación menos. La pensión no era gran cosa, pero mi mujer y yo tuvimos que emigrar a otra que nos buscaron en frente.
Se nos ocurrió entrar. Estaba en un cuarto piso en dónde se alquilaban habitaciones. El pasillo era más viejo que la tos y la puerta de la época del Partenón. Tocamos el timbre y mientras chirriaba la puerta se asomó el casero. Cuando me di cuenta que era el casero y no el cochero de Drácula, entramos al recibidor. Nada más entrar oí que en el pasillo había cierto escándalo y se oía cantar la cancioncita Aquí, aquí, aquí no hay quien viva, aquí no, aquí no, uhah... entre risas y gritos (eran ellos). En ese momento pensé que la entrada al edificio y el ascensor eran igualitos. Se oyó el timbre y aparecieron allí mi hermana y su marido, mis tres primas y mi tía a romper el silencio mortecino del castillo (claro, dormía el rey de los vampiros). Descojone general y mi mujer y yo que no sabíamos si cortarnos las venas o dejárnoslas largas.
Nos enseñó la habitación con toda la tropa detrás y nos tuvimos que quedar con ese cuchitril porque a esa hora del sábado, ¿qué encontraríamos? Era la típica habitación- picadero usado por señoritas de mala vida; cama ruidosa de muelles, retrato pintado colgado sobre la cama de una señorita enseñando un pecho como quien no quiere la cosa. ¡Qué panorama!
Dejamos las cosas y salimos de allí pitando. Cuando salíamos, leímos en un cartel una nota que decía algo de no cambiarse las parejas en las habitaciones o no se qué. Y yo pensando que alguien en algún momento ya intentó hacerlo. ¡Sodoma y Gomorra!
De allí, fuimos a pasear por Fuencarral y Chueca. Nos recorrimos casi todas las tiendas, un viejo borracho intentó pegarnos con un callado, un loco con traje pasó pegado a mí a mil por hora y con paso de marcha militar diciendo: “Tengo el mono, me cago en D..., me voy al Jarama, me estrello y uno menos”...
Cuando se hizo de noche, cenamos y fuimos a ver el musical Mamma Mía. El musical no estuvo mal pero de lo que más me acuerdo es del calor que pasamos.
En el descanso de la obra, repartieron un papelito que teníamos que rellenarlo con nuestros datos personales. Además, teníamos que contestar a la pregunta ¿Cómo definirías la experiencia de vivir un musical, y la mejor respuesta tendría un premio de dos noches para dos personas en un Spa. Y yo pensando en la pensión y el cochero del Conde Drácula.
Como estaba muerto de calor y me estaba aburriendo, opiné sobre la experiencia de ver un musical. Escribí: Muy buena. Pero hablando en serio, hace un calor que te cagas, a ver si encendéis el aire porque me estoy asando.
En otro papelito puse: ¡Hoooooola! Soy yo, el del aire, otra vez... A ver si le dais al aire acondicionado porque me aso como un pollo frito. ¡Joé, setenta euracos la entrada y no tienen para el aire!
Finalmente, acabó el musical. Me dolía el culo y a más de uno le cantaba el alerón (no era mi alerón, ¡eh!, yo ya era pollo frito).
Cuando salimos, nos fuimos a la pensión, pero de camino, mi hermana y su marido junto con mi tía (la Lina Morgan) le preguntaron a mis primas dónde ir a tomar una copa.
Las muy capullas les recomendaron dos sitios. Uno se llamaba El oso y el madroño (lo del oso viene porque van de cuero enseñando la mata de pelo del pecho, vamos, como un oso). El otro lugar era de homosexuales, pero cuando pasaron por la puerta se dieron cuenta de la bromita. ¡Qué cachondas las primitas!
Nosotros nos dirigíamos al castillo... Cuando entramos, ya no estaba el cochero, había un chaval que educadamente nos llevó a la habitación.
¡Vaya noche! Me costó pegar ojo porque pensaba que en cualquier momento un chulo, cuchillo en mano, partiría la puerta de la habitación de una patada en busca de su puta. Además, los muelles de la cama hacían un ruidito infernal, y el ascensor estaba al lado del cuarto y no paraba de oírse (la noche debió ser movidita, con muchos servicios).
A la mañana siguiente salimos de allí. Nada más abrir la puerta apareció allí el cochero de repente: “Buenos días”. ¡Qué acojone con el cochero! Pagamos y nos fuimos.
De allí fuimos a desayunar rosquillas con chocolate caliente y luego al rastro. ¡Dios!, ¿cómo pueden tener los santos cojones de vender hasta un tornillo oxidado? Yo ya había montado el zapatero y no me hacía falta ninguno.
Nosotros no nos llevamos nada, pero los manguis se llevaron las gafas de vista de mi cuñado. ¡Vaya tela!
Llegamos a RENFE y partimos hacia casa. Hogar, dulce hogar.