CAMINO DEL PICATXO
viernes, 18 de julio de 2008
Fotos de Viaje. New York
NEW YORK
ESTATUA DE LA LIBERTAD
CENTRAL PARK
PUENTE DE BROOKLYN
VISTA DESDE EL EDIFICIO ROCKEFELLER
Fotos de Viaje. Washington
WASHINGTON
LA CASA BLANCA
LINCOLN MEMORIAL
CEMENTERIO MILITAR DE ARLINGTON
EL CAPITOLIO
sábado, 7 de junio de 2008
martes, 29 de abril de 2008
jueves, 3 de abril de 2008
viernes, 29 de febrero de 2008
miércoles, 20 de febrero de 2008
Almendrados
INGREDIENTES
- 1Kg. de almendra molida
- 1/2 Kg. de azúcar
- 7 yemas
- 2 huevos enteros
- Canela
- Ralladura de limón
- Obleas
- Cabello de ángel
ELABORACIÓN
En un recipiente, se colocan todos los ingredientes menos el cabello de ángel, y se amasa muy bien. Con esta masa se hacen bolitas, y con el dedo pulgar se hace un hueco en la masa y se introduce el cabello de ángel. Una vez rellena la bolita, se coloca un poco de masa para cerrarla.
Después, la masa se reboza con azúcar, y canela molida. Seguidamente, colocamos oblea sobre la bandeja del horno, y el almendrado encima.
Se introduce en el horno y se cuece moderadamente.
Servir.
NOTA
Esta masa se adhiere mucho, así que hay que tener un vaso con agua para mojarnos los dedos.
El almendrado también se puede rellenar con dulce de boniato, con yema, o con mitad de dulce de boniato y mitad de cabello de ángel.
- 1Kg. de almendra molida
- 1/2 Kg. de azúcar
- 7 yemas
- 2 huevos enteros
- Canela
- Ralladura de limón
- Obleas
- Cabello de ángel
ELABORACIÓN
En un recipiente, se colocan todos los ingredientes menos el cabello de ángel, y se amasa muy bien. Con esta masa se hacen bolitas, y con el dedo pulgar se hace un hueco en la masa y se introduce el cabello de ángel. Una vez rellena la bolita, se coloca un poco de masa para cerrarla.
Después, la masa se reboza con azúcar, y canela molida. Seguidamente, colocamos oblea sobre la bandeja del horno, y el almendrado encima.
Se introduce en el horno y se cuece moderadamente.
Servir.
NOTA
Esta masa se adhiere mucho, así que hay que tener un vaso con agua para mojarnos los dedos.
El almendrado también se puede rellenar con dulce de boniato, con yema, o con mitad de dulce de boniato y mitad de cabello de ángel.
Olla Viuda
INGREDIENTES
- Tomate
- Aceite
- Cardo
- Chirivía
- Alcachofas
- Garbanzos
- Patatas
- Morcilla de cebolla
- 1 cucharada de harina
- 1 cucharada de pimiento molido
- Panceta
- Agua
ELABORACIÓN
Primero, se fríe el tomate en la sartén. Una vez frito, se añade la harina y freímos de nuevo. Segidamente, apartamos la sartén del fuego y añadimos el pimiento molido. Removemos todo muy bien.
Después, ponemos una olla en el fuego, añadimos agua y el frito de la sartén, y esperamos a que hierva. Una vez que hierve el agua, echamos el resto de ingredientes dejándolos cocer hasta que esté todo en su punto.
Servir.
- Tomate
- Aceite
- Cardo
- Chirivía
- Alcachofas
- Garbanzos
- Patatas
- Morcilla de cebolla
- 1 cucharada de harina
- 1 cucharada de pimiento molido
- Panceta
- Agua
ELABORACIÓN
Primero, se fríe el tomate en la sartén. Una vez frito, se añade la harina y freímos de nuevo. Segidamente, apartamos la sartén del fuego y añadimos el pimiento molido. Removemos todo muy bien.
Después, ponemos una olla en el fuego, añadimos agua y el frito de la sartén, y esperamos a que hierva. Una vez que hierve el agua, echamos el resto de ingredientes dejándolos cocer hasta que esté todo en su punto.
Servir.
Conociendo mi entorno
Hoy en día, nos hemos acostumbrado tanto a las predicciones meteorológicas de los informativos de televisión, que hemos ido perdiendo los sabios conocimientos de nuestros mayores, y de aquellos labradores que se convirtieron en maestros del cielo para poder sacar sus tierras adelante.
Cuando éramos pequeños, imaginábamos cómo serían las cosas allá por el año 2000, en el siglo XXI. Todos soñábamos con la revolución tecnológica y con las cosas buenas que traería la ciencia; en este sentido, el ser humano ha sabido mirar hacia delante y conseguir todo tipo de logros y avances, pero ha dejado de mirar hacia atrás. En pleno siglo XXI, un niño es capaz de hacer virguerías con un ordenador, y al mismo tiempo creer que los huevos vienen del frigorífico o del supermercado.
Érase una vez, cuando no había Internet, ni hombre del tiempo, ni televisión. En aquel tiempo, el regalo más importante que un padre podía hacerle a su hijo no era una Play Station, sino el profundo conocimiento de su entorno. Los hombres del campo trasmitían a sus hijos el secreto de cómo interpretar el microclima en el que vivían, de cómo sacar el máximo provecho de la naturaleza para salvar sus cosechas, sobre todo en este seco sureste español por donde “pasa” el río Segura.
No hace mucho tiempo, no había un Maldonado, ni un Picazo, ni un Brasero, ni un Sánchez de Oca. Teníamos al gato, la mula, la araña, al gallo, los pájaros... Se observaba el cielo, los árboles, las estrellas o el aroma de la naturaleza; una época en la el hombre estaba en contacto con la Tierra, una tiempo en el que observábamos nuestro mundo desde el suelo y no desde un satélite en el espacio.
Siempre se ha dicho que si las mulas movían las orejas, si el gallo cantaba a deshoras, o si las golondrinas volaban bajo, venía una tormenta. Si el gato maullaba durante el día, si las arañas tejían fuertes telarañas, si aparecían hormigas con alas o las abejas bebían agua, la lluvia venía de camino. Cuando una cicatriz picaba, los muebles crujían o la tierra desprendía olor a mojado, había que resguardarse.
Para dominar el arte de la meteorología, no hacía falta salir en la tele ni estudiar en la universidad, sólo había que sentarse a observar las formas de las nubes o el color del cielo. Si en el cielo se cruzaban nubes de distinta altura, mal tiempo se anunciaba; si había niebla por la mañana, las estrellas brillaban con fuerza o había mucho rocío, habría buen tiempo; y si la luna brillaba radiante y el cielo era una cosecha de estrellas, se barruntaba helada. Sin embargo, lo más importante era pasar muchas horas observando y observando, para así conocer el lugar donde uno vivía.
Estamos en otro tiempo, y lo único que nos queda del estudio climático de los hombres son los refranes (bueno, eso creo). Aún así, el refranero popular desgraciadamente debería revisarse porque los tiempos cambian (climáticos, claro) y el hombre ha conseguido en este siglo XXI avanzar tanto, que ha sido capaz de cambiar el clima con sus propios actos. Por cierto, menos mal que hay meteorólogos, satélites o incluso esas pinzas de tender que detectan si va a llover o no, porque si no fuera por ellos, no sabría si tendría que recoger la ropa tendida o lavar el coche, porque yo, como muchos otros, somos esclavos del progreso.
Cuando éramos pequeños, imaginábamos cómo serían las cosas allá por el año 2000, en el siglo XXI. Todos soñábamos con la revolución tecnológica y con las cosas buenas que traería la ciencia; en este sentido, el ser humano ha sabido mirar hacia delante y conseguir todo tipo de logros y avances, pero ha dejado de mirar hacia atrás. En pleno siglo XXI, un niño es capaz de hacer virguerías con un ordenador, y al mismo tiempo creer que los huevos vienen del frigorífico o del supermercado.
Érase una vez, cuando no había Internet, ni hombre del tiempo, ni televisión. En aquel tiempo, el regalo más importante que un padre podía hacerle a su hijo no era una Play Station, sino el profundo conocimiento de su entorno. Los hombres del campo trasmitían a sus hijos el secreto de cómo interpretar el microclima en el que vivían, de cómo sacar el máximo provecho de la naturaleza para salvar sus cosechas, sobre todo en este seco sureste español por donde “pasa” el río Segura.
No hace mucho tiempo, no había un Maldonado, ni un Picazo, ni un Brasero, ni un Sánchez de Oca. Teníamos al gato, la mula, la araña, al gallo, los pájaros... Se observaba el cielo, los árboles, las estrellas o el aroma de la naturaleza; una época en la el hombre estaba en contacto con la Tierra, una tiempo en el que observábamos nuestro mundo desde el suelo y no desde un satélite en el espacio.
Siempre se ha dicho que si las mulas movían las orejas, si el gallo cantaba a deshoras, o si las golondrinas volaban bajo, venía una tormenta. Si el gato maullaba durante el día, si las arañas tejían fuertes telarañas, si aparecían hormigas con alas o las abejas bebían agua, la lluvia venía de camino. Cuando una cicatriz picaba, los muebles crujían o la tierra desprendía olor a mojado, había que resguardarse.
Para dominar el arte de la meteorología, no hacía falta salir en la tele ni estudiar en la universidad, sólo había que sentarse a observar las formas de las nubes o el color del cielo. Si en el cielo se cruzaban nubes de distinta altura, mal tiempo se anunciaba; si había niebla por la mañana, las estrellas brillaban con fuerza o había mucho rocío, habría buen tiempo; y si la luna brillaba radiante y el cielo era una cosecha de estrellas, se barruntaba helada. Sin embargo, lo más importante era pasar muchas horas observando y observando, para así conocer el lugar donde uno vivía.
Estamos en otro tiempo, y lo único que nos queda del estudio climático de los hombres son los refranes (bueno, eso creo). Aún así, el refranero popular desgraciadamente debería revisarse porque los tiempos cambian (climáticos, claro) y el hombre ha conseguido en este siglo XXI avanzar tanto, que ha sido capaz de cambiar el clima con sus propios actos. Por cierto, menos mal que hay meteorólogos, satélites o incluso esas pinzas de tender que detectan si va a llover o no, porque si no fuera por ellos, no sabría si tendría que recoger la ropa tendida o lavar el coche, porque yo, como muchos otros, somos esclavos del progreso.
¿Acuálo?
La verdad es que no entiendo muy bien cómo los callosinos nos entendemos con el resto del mundo. Digo esto porque en nuestro pueblo hemos desarrollado, a lo largo de los años, un dialecto propio. Cuando oyes a un callosino parece que estás escuchando a un murciano hablar un valenciano castellanizado. Sin lugar a dudas, en Callosa, como en el resto de la Vega Baja, se habla como en ningún otro sitio.
Cuando era pequeño, nunca jamás había visto una ciruela porque yo comía prunas; me encantaba la binsa del tomate (porque tenía binsa, y no semilla). Mi abuela siempre tenía en el patio una arábega (albahaca) que olía de maravilla y se angrunsaba (mecía) en la angrunsaera (mecedora). Me encantaban las camuesas (manzanas) y comía tápenas (alcaparras), bajocas (judías), camarrojas, lisones y serrajones (verduras silvestres), floricol (coliflor), aguacate (como le llamamos a los nísperos), tramusos (altramuces), cocos ( se le llama a todo tipo de frutos secos) y carlota (zanahoria). Al maíz le quitábamos la pellorfa (lo que le envolvía) y me encantaba el soplillo (merengue) de las tartas.
Si venía al pueblo un amigo de fuera y se reunía con un grupo de callosinos, siempre había uno de ellos que hacía de traductor. Si fulanito era un maganto, era un vago; si estaba baldao, estaba hecho polvo; si era un jaleante, era un burlón; si era un busagre o un sangonereta, se lo comía todo; si era un dotor, era un sabelotodo; si menganito era un manifasero, era un entrometido; un milocha era un tonto y un simplón; un mojete era un cotilla; si era un pijotero, era alguien que imponía su criterio y un perfeccionista; un quisquilloso, era un puntilloso y de difícil trato; si era un ratero, era un tramposo; si era un sompo, era un torpe y simplón; y si tenía asogue, era un inquieto.
Cuando me portaba mal, mi padre me daba un calbote o cave (golpe en la cabeza); si tenía la garganta irritada, tenía garraspera; un golpe en la cara era una getá. Yo siempre hacía hasiagos (travesuras, trastadas), en fiestas tiraban cuetes (cohetes), jugábamos al fútbol en un escampao (raso), mi abuelo decía “orsay” cuando un futbolista estaba en fuera de juego, las calles las asfaltaban de galipote (alquitrán), el agua venía en una marraja (garrafa), la fruta se ponía pansía cuando maduraba mucho, y mi hermano cogía saragustines (saltamontes).
La cosa no queda ahí. Un callosino de pura cepa no dice “¿qué?” dice “¿acuálo?” o “¿cuálo?”, la tovalla es la toalla, muncho es mucho, y para decir “fíjate” dice “até”. Un chichinabo es una cosa pequeña, un samarraso es un golpe o una caída, un ramalaso es un ataque de nervios o cambio de humor, y un meque es un golpe. Yo me divertía tirándome de la julaerica o costerica (cuesta), me sentaba repantigao en el sofá si me dejaban rancho (hueco, sitio), y mi primo era un mañaco (infantil). Si tienes melsa eres un tranquilo; si un ato (prenda) te queda mal, es un sarnacho; una perola es una olla, una safa es una jofaina, y un pol es un golpe con el dedo índice o corazón partiendo del pulgar. A fulanito no le da un síncope sino un torsón; una tronera es una sucesión de truenos, coger copero es ir a más; hacer una trasfullá, es hacer una putada; y si la casa está caliente, hay calentor. Además, en Callosa no hay niebla porque sólo hay boria.
A pesar de todo, nos entendíamos y nos seguimos entendiendo, pero cada vez se va perdiendo más vocabulario. Lo que identifica a un callosino es su San Roque, su sierra y su huerta, aunque de lo que está más orgulloso es de su forma de hablar. Cuando alguien no usa estas palabras sino su equivalente al castellano, te miran de forma extraña y dicen: “ése es forastero, seguro”.
Cuando era pequeño, nunca jamás había visto una ciruela porque yo comía prunas; me encantaba la binsa del tomate (porque tenía binsa, y no semilla). Mi abuela siempre tenía en el patio una arábega (albahaca) que olía de maravilla y se angrunsaba (mecía) en la angrunsaera (mecedora). Me encantaban las camuesas (manzanas) y comía tápenas (alcaparras), bajocas (judías), camarrojas, lisones y serrajones (verduras silvestres), floricol (coliflor), aguacate (como le llamamos a los nísperos), tramusos (altramuces), cocos ( se le llama a todo tipo de frutos secos) y carlota (zanahoria). Al maíz le quitábamos la pellorfa (lo que le envolvía) y me encantaba el soplillo (merengue) de las tartas.
Si venía al pueblo un amigo de fuera y se reunía con un grupo de callosinos, siempre había uno de ellos que hacía de traductor. Si fulanito era un maganto, era un vago; si estaba baldao, estaba hecho polvo; si era un jaleante, era un burlón; si era un busagre o un sangonereta, se lo comía todo; si era un dotor, era un sabelotodo; si menganito era un manifasero, era un entrometido; un milocha era un tonto y un simplón; un mojete era un cotilla; si era un pijotero, era alguien que imponía su criterio y un perfeccionista; un quisquilloso, era un puntilloso y de difícil trato; si era un ratero, era un tramposo; si era un sompo, era un torpe y simplón; y si tenía asogue, era un inquieto.
Cuando me portaba mal, mi padre me daba un calbote o cave (golpe en la cabeza); si tenía la garganta irritada, tenía garraspera; un golpe en la cara era una getá. Yo siempre hacía hasiagos (travesuras, trastadas), en fiestas tiraban cuetes (cohetes), jugábamos al fútbol en un escampao (raso), mi abuelo decía “orsay” cuando un futbolista estaba en fuera de juego, las calles las asfaltaban de galipote (alquitrán), el agua venía en una marraja (garrafa), la fruta se ponía pansía cuando maduraba mucho, y mi hermano cogía saragustines (saltamontes).
La cosa no queda ahí. Un callosino de pura cepa no dice “¿qué?” dice “¿acuálo?” o “¿cuálo?”, la tovalla es la toalla, muncho es mucho, y para decir “fíjate” dice “até”. Un chichinabo es una cosa pequeña, un samarraso es un golpe o una caída, un ramalaso es un ataque de nervios o cambio de humor, y un meque es un golpe. Yo me divertía tirándome de la julaerica o costerica (cuesta), me sentaba repantigao en el sofá si me dejaban rancho (hueco, sitio), y mi primo era un mañaco (infantil). Si tienes melsa eres un tranquilo; si un ato (prenda) te queda mal, es un sarnacho; una perola es una olla, una safa es una jofaina, y un pol es un golpe con el dedo índice o corazón partiendo del pulgar. A fulanito no le da un síncope sino un torsón; una tronera es una sucesión de truenos, coger copero es ir a más; hacer una trasfullá, es hacer una putada; y si la casa está caliente, hay calentor. Además, en Callosa no hay niebla porque sólo hay boria.
A pesar de todo, nos entendíamos y nos seguimos entendiendo, pero cada vez se va perdiendo más vocabulario. Lo que identifica a un callosino es su San Roque, su sierra y su huerta, aunque de lo que está más orgulloso es de su forma de hablar. Cuando alguien no usa estas palabras sino su equivalente al castellano, te miran de forma extraña y dicen: “ése es forastero, seguro”.
domingo, 17 de febrero de 2008
Arroz con costra
INGREDIENTES
-1Kg. De arroz
-De 8 a 12 huevos
-Carne de conejo, pavo y pollo de campo
-Un blanco (embutido típico de la matanza del cerdo hecho de tocino, magra con pimienta, sal y clavillo)
-4 longanizas pequeñas
-Tomate frito
-Aceite
ELABORACIÓN
Se sofríe la carne y después se hierve aproximadamente en un cazo durante una hora. Reservamos el caldo.
Una vez preparado el sofrito con el tomate, lo mezclamos con las longanizas troceadas y doradas, el blanco sin freír y el arroz. Removemos todo muy bien.
A continuación, medimos el arroz y le añadimos el caldo de la carne (una ración equivale a un vaso de caldo de carne por medio vaso de arroz). Condimentamos con sal al gusto.
Como este arroz lo introduciremos en el horno, le quitamos un vaso o medio vaso de caldo, dependiendo del tipo de arroz (unos absorben más agua que otros).
Cuando falta ya poco para que esté el arroz, batimos los huevos y se lo añadimos al arroz por encima. Después, lo metemos en el horno (ya precalentado).
Finalmente, retiramos el arroz del horno después de 25 ó 30 minutos.
Servir.
-1Kg. De arroz
-De 8 a 12 huevos
-Carne de conejo, pavo y pollo de campo
-Un blanco (embutido típico de la matanza del cerdo hecho de tocino, magra con pimienta, sal y clavillo)
-4 longanizas pequeñas
-Tomate frito
-Aceite
ELABORACIÓN
Se sofríe la carne y después se hierve aproximadamente en un cazo durante una hora. Reservamos el caldo.
Una vez preparado el sofrito con el tomate, lo mezclamos con las longanizas troceadas y doradas, el blanco sin freír y el arroz. Removemos todo muy bien.
A continuación, medimos el arroz y le añadimos el caldo de la carne (una ración equivale a un vaso de caldo de carne por medio vaso de arroz). Condimentamos con sal al gusto.
Como este arroz lo introduciremos en el horno, le quitamos un vaso o medio vaso de caldo, dependiendo del tipo de arroz (unos absorben más agua que otros).
Cuando falta ya poco para que esté el arroz, batimos los huevos y se lo añadimos al arroz por encima. Después, lo metemos en el horno (ya precalentado).
Finalmente, retiramos el arroz del horno después de 25 ó 30 minutos.
Servir.
martes, 12 de febrero de 2008
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