miércoles, 4 de abril de 2007

Cómo poner una antena y no morir en el intento

Todo comenzó cuando decidí comprarme un deco y entrar en el mundo floral. Después de que mi tío estuviera un tiempo hablándome de lo maravilloso que era ver “el truco”, fui con él a la caza y captura de un aparatejo que me permitiría ver al Madrid todas las semanas. Tras medioengañar a mi mujer de lo maravilloso que sería (“verás todas las series y pelis que quieras...”) y de gastar la palabra “cariño”, allá voy yo con mi tío y se lo compro a uno, que me lo vende como el típico brebaje de las películas del oeste (que sirve para todo, vamos). Incluso, el hijo de su madre me dice mientras me mira con cara de complicidad: “tiene todo tipo de canales, hasta un canal porno de maricones. No sé, cada uno tiene sus gustos”. Yo pensé, “¿por qué me mira este tipo? Maricón, tu pu.. padre”.
Bueno, el individuo me vuelve loco, con el mando, las páginas, las antenas, el motor, las frecuencias... Y yo pensaba que era sólo el aparatito y a funcionar. ¡Pues no! Me dice que me tienen que poner una antena, mejor con motor, y además me recomienda a un chico “muy bueno”. En realidad a dos, pero uno sólo pone antenas sin motor.
Le compro la supermáquina y me voy a casa. Al día siguiente llamo al “especialista antenista” y quedo con él.

El “especialista antenista” resulta ser dos chavales de unos 17 años que “ponían antenas con motor”. El que ponía antenas sin motor era su profesor. Sí, su profesor del instituto ponía antenas sin motor, y ellos, los chulos, con motor.
Tuve que hacer varios viajes a su pueblo (a 25 km.) y traerlos a mi casa (para ver la terraza y el tipo de antena, para la instalación, la segunda instalación, la tercera...) No tenían coche y tuve que hacer de taxi, transportista, antenista...
Los llevo un sábado por la mañana a casa y empiezan a las 9:30 horas la instalación. Después de no sé cuántas horas para poner el mástil y la antena, empiezan a pasar la guía por los tubos. Después de más de horas de intentos, termino llamando a mi cuñao el electricista para que me eche una mano. Y vaya si me la echó.
Se le ocurrió echar agua por los tubos para empujar a la guía, pero se fue animando y echó varios litros porque no salía el agua. Hasta que salió...
Empezó a caer todo el agua por un ojo de buey del pasillo del quinto. Bajé a mi piso por una fregona y cuando subí, el vecino estaba en el pasillo preguntando lo que pasaba. Le dije que era un problema de unas tuberías, “es que... como ha llovido... había agua estancada...”
En ese momento, estaba yo recogiendo el agua, mi vecino mirando, un “antenista” pasando la guía, el otro “antenista” gritándole desde abajo “¡no la veo!”, mi cuñao diciendo que necesitábamos más agua, y mi mujer en casa mosqueada diciendo “sí que tardáis”, “¿Tú no comes?”, “si lo llego a saber...”, “¿Qué hace mi hermano aquí?”, “¡¿Para qué quieres la fregona?!”
Pasan las horas, y a las 19:30 horas consiguen pasar la guía y el cable de antena. Faltaba orientar la antena. Tras dos horas más, y con un buscador de señal propio del Cuaternario, encuentran un satélite, pero el motor no va. ¡Lo que faltaba! Al final, a las 22:00 horas los llevo a casa y quedamos para otro día para ver lo del motor.

Pasa una semana, y tras varias llamadas perdidas hablo con uno de ellos (el otro socio no quería saber nada del tema y se cambió de número). En fin, quedo con el otro, y me da plantón dos veces. A la tercera, viene pero con su padre. Cambian el mástil de sitio, me cambian el motor por otro, e intentan buscar otros satélites. Después de estar todo el domingo (desde las 9 hasta las 19:00 horas), mojados por la lluvia y muertos del frío, el chaval medio llorando me dice que no sabía cómo encontrar los canales. Se va y me deja sin ver ningún canal toda la semana.
Para acabar, voy a hablar con el tipejo que me vendió el aparatejo y le presento mis quejas. Me da la solución: “no le pagues lo que le debes y busca a otro antenista. Además, el motor que te puso es uno de segunda mano que lo ha comprado de una tienda de moros”. ¡Toma Geroma!
¿Cómo acabó? Al final, contraté a unos antenistas que sólo pudieron pillarme cuatro satélites, pero viendo casi los mismos canales en todos ellos. Además, “gracias” al mástil tan largo, cada vez que hace viento, se mueve la antena y no veo casi nada. Cuando anuncian viento, pienso en mi pobre antena y tiemblo, pero yo aún más que ella. El “antenista especialista” me intentó engañar y encima se metió en dónde no le llamaban porque no sabía instalar eso. Desde luego, no le pagué todo lo que él quiso, ¡vaya caradura! Y en el móvil, a su número le puse “antenucho cabrón” y ya no quise hablar con ese chapuzas que intentó colarme ese motor. Pero eso no es lo peor. Lo peor es tener que oír a mi mujer decir que la he engañado, lo poco que se ve y lo mal que se ve. Cuando digo que casi me cuesta el divorcio, no miento.

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